Aquí está la segunda parte del primer capítulo. Conoceréis mejor a Patty, que mantendrá una corta pero interesante conversación con el hermano gemelo de Angy, y a Vicky, que está a punto de recibir una gran sorpresa.
Algo más tarde, en casa de los López.
Algo más tarde, en casa de los López.
Repiqueteo con las uñas sobre el ordenador portátil. Va demasiado lento.
Finalmente, la página de Tuenti se carga. Diez nuevas etiquetas en fotos. No me detengo a mirarlas: ya sé que son las que nos hicimos Angy, Vicky y yo el sábado pasado, en aquella fiesta. Las veré en otro momento. Apenas ha pasado medio minuto, cuando Pablo me saluda por el chat. Sonrío a solas en mi habitación.
- Hola, preciosa.
- Hola, Pablo.
- Dime, ¿tienes algo que hacer este fin de semana?
- Yo siempre tengo cosas que hacer…
- Me refería a si has quedado con alguien. –acompaña la frase con un icono azul giñando un ojo.
- Lo siento, Pablo. No puedo quedar contigo.
- Vaya, ¿y eso, porqué?
- Porque no me interesas. –al final de la frase, añado una cara sonriente; irónica.
Pablo no se molesta en contestarme, si no que se desconecta. Vaya… quizá debería haberle seguido el juego un rato más, habría sido divertido. Segundos después, alguien más abre otra ventana en el chat. ¿Quién será esta vez? Pulso sobre el icono verde que parpadea en la esquina derecha inferior: Adam. El hermano de Angy. ¡Vaya! No sabía que estuviera interesado en mí; aunque pensándolo bien, ¿qué chico del instituto no estaría interesado en mí?
- Patricia…
- ¡Hola, Adam! ¿qué tal?
- Bien, bien. Oye, ¿han dicho algo sobre lo que va a entrar en el examen del miércoles?
La pregunta me pilla desprevenida.
- Ah… pues, el profesor ha dicho que tendrá diecisiete preguntas, y que cinco de ellas serán problemas.
- Vale. Gracias.
Contesto con otra cara sonriente.
- ¿Sólo ibas a preguntarme eso? –digo, después de unos minutos.
- Sí, ¿por qué?
- Ah, por nada.
A decir verdad, pensaba que querría quedar conmigo, pedirme salir, o algo por el estilo. Claro que… yo jamás saldría con Adam.
- ¿Por qué no has venido hoy a clase? –pregunto. No es usual que el hermano de Ángela se salte las clases, y menos una semana antes de los exámenes.
- No me encontraba bien. Menuda sorpresa, Patricia López se ha dado cuenta de que he faltado a clase.
- ¿Por qué es extraño?
- Porque tú nunca te fijas en nadie más que en ti misma. –responde.
- ¿Por qué dices eso? –pregunto, al cabo de unos minutos.
- Llevo cinco años yendo a tu clase. A estas alturas ya sé que tú nunca te fijas en nadie, es la gente la que se fija en ti.
- Adam, no te entiendo.
- No me extraña. Déjalo.
Le hago caso. No merece la pena darle vueltas; al fin y al cabo, Adam siempre ha sido un rarito.
- Una cosa más… ¿por qué me has preguntado a mí lo del examen?
- Pues, porque eres la primera persona de clase a la que he visto conectada.
- ¿Y tu hermana?
- Creo que está ocupada ahora mismo.
- Ah. Supongo que… nunca os habéis llevado demasiado bien.
- Supones bien. Pero no es eso; es que está en su habitación con Álvaro, están “estudiando”.
- Ah, vale. –contesto, con un icono azul giñando el ojo. –Yo también debería estudiar.
- Pero no lo vas a hacer.
Sonrío. Es realmente divertido hablar con este chico.
- Tienes razón. Voy a dar una vuelta. Un beso.
- Que lo pases bien.
Antes de desconectarme, vuelvo a actualizar la página. Un mensaje privado. Es de Carlos, un chico de último curso que está realmente bien.
“¿Te hace un paseo por el centro? Y luego podemos tomar algo en el Starbucks. Invito yo.”
En fin… ¿por qué no?
“Ok. ¿Me recoges en veinte minutos?”
Y me desconecto.
Ese mismo momento, en otra parte de la ciudad.
Me miro en el espejo. Dios, ¿estoy engordando? ¡No puede ser!
Me giro. Parece que tengo las piernas de un ciclista. ¿Y estas cartucheras?
Alguien toca en la puerta del baño.
- Cariño, ¿te encuentras bien? No has comido nada.
- Estoy bien mamá. –miento.
- Vale. Tengo que irme otra vez. Mañana te llamaré, ¿de acuerdo?
- OK.
Cuando oigo el sonido del motor del coche, salgo del baño, y me dirijo al salón. Lo cierto es que ya estoy acostumbrada a estar sola: desde que mi padre se fue, mamá trabaja casi las veinticuatro horas del día, y tiene que salir a menudo de la ciudad. De lo contrario, no podríamos permitirnos una casa así. Me siento en el sofá de terciopelo negro y coloco el libro de historia sobre mis rodillas. Son sólo cuatro temas y medio… ¡pero parece casi imposible aprenderse todo eso en tan sólo seis días! Sobre la mesita que tengo delante, descansa mi móvil: una Blackberry en color negro y plateado de última generación. No puedo evitarlo; la cojo y compruebo que tengo tres mensajes nuevos. Lo había dejado en modo silencio para no distraerme… pero aun así, es imposible.
El primer mensaje es de Carlos, un chico de último curso que me pregunta si quiero ir a dar una vuelta. Le contesto que no puedo, que tengo que estudiar.
El segundo es de una chica de clase, Teresa, que me invita a una fiesta en su casa. Paso; le digo que ya he quedado.
El tercero, es de un número desconocido. Lo leo con atención.
“Buenas tardes, preciosa. ¿Has visto que buen día hace hoy? Probablemente estarás estudiando, pero estoy seguro de que te apetece más salir de casa que quedarte ahí. Sal al patio y mira debajo del banco de madera.”
No sé quién me envía el mensaje, pero la curiosidad me puede. Salgo al patio delantero de mi casa, y me dirijo, tal y como dice en el mensaje, al pequeño banquito de madera. Me agacho para mirar debajo: hay un paquete con un lazo, y en la tapa lleva escrito mi nombre con rotulador plateado: Vicky. ¿Desde cuándo está eso ahí? Lo abro. Dentro, hay dos cosas: un papel doblado por la mitad, y un vestido. Un vestido precioso, de color azul con flores en tonos celestes. Abro la nota:“Estoy seguro de que te quedará genial, aunque es imposible que te haga parecer más bonita de lo que ya eres. Póntelo, y sal a dar una vuelta. ¡Pero no ligues demasiado!, ¿eh?”
Alucinada, miro a mi alrededor. ¿Quién…? En la acera de enfrente, un par de niñas juegan a la comba, y sus respectivos padres charlan mientras se fuman un cigarro. No, allí no hay nadie que haya podido dejar aquello y… ¡el SMS! Esa persona tiene mi número de teléfono.
“¿Quién eres?” –escribo.
En menos de un minuto, un par de pitidos anuncian la respuesta:
“Eso vas a tener que descubrirlo por ti misma”.
Sonrío.
Así que, finalmente, decido ir a la fiesta en casa de Teresa, aunque sé que ni Patty ni Angy irán.
