Bueno, hoy os dejo aquí la
primera parte del segundo capítulo. Conoceréis mejor a
Lucas, el chico rarito de la clase, y a
Ádam, el hermano gemelo de Angy. ¡Espero que os guste!
Leo por décima vez la página del libro de historia contemporánea. Es inútil; por mucho que lo intente, no puedo concentrarme. ¡Qué más da! Seguro que no es muy difícil, y ya tengo sobresalientes en el resto de los exámenes que hemos hecho. Seguro que apruebo el curso.
¿Pero que estoy diciendo? Esto no es propio de mí. Saco un bolígrafo azul del cubilete y me dispongo a resumir la primera página en la libreta que tengo delante.
“Los movimientos sociales son producto del inconformismo de ciertos sectores de la sociedad…”
Me detengo. Delante de mí, colgado de la pared, hay un cuadro: es la foto de graduación que nos hicimos toda la clase el curso anterior. Todos los chicos vestíamos de traje, y las chicas con vestidos alucinantes. Y allí está ella, tan preciosa como siempre, aún más si cabe con ese vestido. Lleva el pelo algo más largo que ahora, y sus ojos color miel parecen verdes a la luz del sol. Ese vestido verde no podría quedarle mejor. Está riéndose, y probablemente no se ha dado cuenta de que el chico que está detrás de ella, soy yo. También sonrío, y sonrío de verdad, porque no puedo evitarlo cuando la tengo a mi lado, cuando huelo su perfume, cuando casi puedo tocar su pelo…
“…que desean transformar aspectos importantes de la vida. Entre ellos cabe a destacar: el feminismo, el ecologismo, el pacifismo…”
¡No puedo! Así, es imposible.
En ese momento, el sonido de mi móvil me sobresalta. Es Adam.
- ¿Sí? –contesto.
- Lucas, ¿qué estabas haciendo?
- ¿Yo? Nada… estudiar. –aseguro.
- Genial. ¿Puedes venir a mi casa? Necesito que me expliques esto de los movimientos sociales.
- ¿Ahora?
- Sí. Si puedes, claro.
- Sí, sí. Estoy ahí en diez minutos.
Adam es el hermano de Ángela, y mi mejor amigo. ¡Menuda ironía! A decir verdad, paso más tiempo en casa de Adam que en la mía, lo cual es… una auténtica tortura. Porque sé que ella está allí, al otro lado de la habitación, y ni siquiera puedo verla.
Me pongo los primeros vaqueros que veo en el armario, y una camiseta amarilla sin mangas. Me miro en el espejo del baño. Tengo el pelo algo largo ¿Debería cortármelo? No, a mí me gusta así. Pero, ¿y a ella? ¿Le gustará?
Salgo del baño y cojo la llave de la moto, que está encima de mi cama. No es que me gusten demasiado las motos, pero es bastante útil para moverse por la ciudad sin tener que usar transporte público. ¿Por qué aquí, en España, no se puede conducir hasta los dieciocho? Si hubiese nacido en Canadá, por ejemplo, ya podría tener mi propio coche; como ése imbécil de segundo, Álvaro. Suspiro. ¿Estará con ella ahora? ¡Si ni siquiera la quiere! Lo sé porque no la mira como yo. La mira como mira a cualquier otra. Pero ella no es cualquiera, ella es única.
Llego a casa de los Márquez, y toco al timbre.
Ese mismo momento, en la planta alta de la casa de los Márquez.
Suena el timbre. Dejo el libro de historia abierto sobre la cama, y salgo de la habitación. Menos mal que Angy tiene la puerta cerrada. A saber qué estarán haciendo ella y su estúpido novio. Bajo las escaleras y abro la puerta.
- Hola, pasa. –saludo a mi amigo.
- ¿Está tu hermana? –me pregunta, mientras entra y sube las escaleras.
- Sí, ¿por qué?
Siempre he pensado que a Lucas le gusta mi hermana, pero él nunca lo ha admitido.
- Por nada. –responde. –Le he dejado los apuntes de filosofía y tal vez ya los haya copiado.
- No creo que los haya copiado. –digo. –Creo que está… demasiado ocupada. –añado. –Aun así, le preguntaré. Yo también necesito que me los dejes.
Antes de llegar a mi habitación, nos detenemos en la puerta de al lado. Doy tres golpes, y al cabo de unos segundos, abre ese chico, Álvaro, y mi hermana mira desde detrás.
- ¿Qué pasa? –me pregunta, con desgana. Noto como Lucas se pone blanco al verle. Ignoro a Álvaro.
- ¿Ángela, puedes salir un momento?
Mi hermana sale y cierra la puerta.
- Hola, Lucas. –dice. –¿Qué quieres, Adam?
- ¿Has copiado los apuntes de filosofía? Los necesito.
- ¿Qué…? ¡Ah! Los apuntes… pues no. Pero dame unos minutos, y te los dejo. –me asegura.
- Vale.
Ahora estoy más seguro de que a Lucas le gusta mi hermana. Casi se atraganta cuando Álvaro ha salido de la habitación.
- Tienes que explicarme el tema dieciocho de historia. Es una piedra. –le digo.
En realidad, le he llamado porque no podía concentrarme. Eso de estudiar en junio es una mierda. ¡Con el calor que hace! Podría estar en una piscina, o en la playa… ¡pero, no! ¡Tengo que encerrarme en mi habitación a estudiar historia, entre otras ocho asignaturas! Al menos, si estudio con alguien es más difícil que me distraiga.
- Tío, ¿no tienes un ventilador o algo? –se queja Lucas al cabo de unos minutos.
- Tenía, pero mi hermana se lo ha llevado a su habitación. Y la verdad, no me apetece ir a reclamárselo. –digo. –Bueno, voy a por un refresco. ¿Quieres una Coca cola fría?
- Vale.
Bajo a la cocina. Ángela está allí, sirviéndose un vaso de agua de la nevera. Sin decirle nada, saco un par de latas de Coca cola light.
- No te he preguntado si estás mejor. –comenta ella.
Lo pienso unos segundos. ¿Si estoy mejor? Ah, sí. Esa mañana me encontraba mal. Pero lo cierto es que ahora estoy perfectamente.
- Es cierto. No me lo has preguntado.
Me mira, chasqueando con la lengua.
- ¿Estás mejor?
- ¿Acaso te importa? Si lo haces por quedar bien…
- ¡No! –dice ella, soltando el vaso en la encimera. –Joder, Adam, eres mi hermano, claro que me importa.
- Pues sí, estoy bien. Sólo me he despertado con dolor de cabeza. –respondo, sin mirarle a la cara, y salgo de la cocina.
- Lo siento. –murmura ella, siguiéndome.
Me detengo.
- ¿Qué?
- Que lo siento. Todo. Siento estar así contigo. –dice, con un hilo de voz. –Siempre nos hemos llevado muy bien… pero desde que entramos al instituto, es como si no nos conociéramos. Y sé que es culpa mía, pero me gustaría arreglarlo.
No me esperaba aquello. Es cierto que, antes de entrar en aquel instituto… Ángela y yo éramos uña y carne. Pero después, cada uno fuimos por un camino distinto, y ella dejó de hablarme en clase. En casa, apenas nos dirigimos la palabra desde hace un par de años. Y claro que me gustaría arreglar las cosas, y estar como antes, pero a estas alturas me parece algo imposible. Yo soy el tipo de chico del que se ríen las chicas como mi hermana.
- Ya lo sé. Pero no es tan fácil, Ángela. –respondo, y subo hasta mi habitación.
No me hace falta mirar hacia atrás para saber que está llorando.