Regalo Abrazos

martes, 21 de diciembre de 2010

Otra parte del 3º capítulo.

Aquí tenéis otra parte del 3º capítulo, en el que Vicky decide ir a la fiesta que celebra Teresa, una chica de su clase.

Ese mismo momento, cerca de la fiesta en casa de Teresa Gutiérrez.

Me retoco el pelo por última vez. En vez de mis habituales tirabuzones, ahora lo llevo liso. Toco el timbre. Desde el interior de la casa, que no es muy grande, se oye sonar “California girls”, de Katy Perry. Una chica abre la puerta, y la reconozco a los pocos segundos. Es un año menor que yo, va a cuarto de ESO, pero parece más mayor debido a la cantidad de maquillaje que lleva en la cara. Me planteo decirle que no debería pintarse tanto, que parece una fulana, pero decido dejar que se dé cuenta por sí misma.
Entro en la casa, que ya en la entrada está decorada con luces de varios colores, y hay vasos vacíos amontonados encima de los muebles. Un grupo de chicas se ríen mientras beben animadas. Saludo a algunas de ellas. Todos me reconocen, pero me miran con curiosidad. Quizá se preguntan qué hago allí sola. No suelo ir sola a las fiestas. De hecho, nadie suele ir solo a las fiestas, excepto los marginados y los frikis. Miro de un lado a otro, buscando inconscientemente la cara conocida de algún chico que confiese ser el que me ha mandado el SMS, pero dudo que haya sido cualquiera de ellos. Suspiro. Ya que estoy allí, al menos, debería pasármelo bien. Veo a Teresa, y le doy las gracias por invitarme a la fiesta.

-          ¿Y cómo es que al final as decidido venir? Dijiste que ya habías quedado con alguien esta tarde. –dice ella.

Teresa lleva el pelo castaño recogido en una cola alta, y el vestido morado le sienta realmente bien.

-          Sí, pero se ha cancelado. Y un… amigo, me ha animado a venir.

-          Ah. Pues, espero que lo pases bien. ¿Vienes sola?

-          Esto… sí. La demás ya habían hecho planes. –respondo, mirando al suelo.

-          No importa, ¿quieres que te presente a los demás?

-          Ah, pues… supongo que sí.

Lo cierto es que conozco a la mayoría, al menos de vista, pero no he hablado nunca con casi ninguno. Y es que Teresa no es muy popular, y de los invitados a la fiesta, sólo los que no tenían otra cosa mejor que hacer han venido.
Me presenta a un par de chicos. Uno de ellos va a mi clase, pero ni siquiera recordaba su nombre, y el otro es un amigo que ambos tienen en común. Le doy dos besos a cada uno. Luego me presenta a un par de chicas que van a otro instituto, pero son vecinas suyas. Parecen simpáticas. Sin embargo, yo apenas me doy cuenta. Estoy algo ausente, pensando en el SMS que he recibido apenas hace una hora. Ese chico me ha regalado un vestido. Conoce mi número de teléfono y mi dirección; pero no va a decirme quién es, porque quiere que yo lo descubra. Pienso que debe ser un chico muy especial, porque lo que ha hecho es propio de alguien muy romántico.

“Alejandro”, de Lady Gaga suena ahora en toda la casa. Hay altavoces por todas las habitaciones. No puedo evitar bailar. Me sirvo un vaso de zumo de piña y le añado un chorro de Malibú. Ahora estoy algo más animada, y bailo con un par de chicos. Río. Me sirvo otro vaso.
Espero que ese chico tan misterioso me mande alguna otra señal, porque lo cierto es que no se me ocurre nadie que haya podido hacer algo así por mí. Y me muero de curiosidad por conocerle. Presto atención a la canción de Lady Gaga. En ella dice tres nombres: Alejandro, Roberto, y Fernando. ¿Es una coincidencia, o el destino me está dando una pista? Bah. Ya estoy empezando a delirar. Será el Malibú. Suelto el vaso en una mesa y decido que ya he bebido bastante por esa tarde. 

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Capítulo 3 [Primera parte]

Aquí tenéis la primera parte del capítulo 3. Patty queda con un chico de segundo, Carlos, empieza a planear la fiesta de cumpleaños de Angy. Como es más bien corto, pondré la siguiente parte pronto. ¡Espero que os guste! 


Algo más tarde, en un Starbucks del centro de la ciudad.

-          Yo quiero un Vivanno de Mango. Me apetece algo frío.

-          Vale, ahora vuelvo.

Carlos se levanta de la mesa y va a pedir las bebidas. Le observo mientras se aleja. Es muy guapo, y tiene una sonrisa preciosa. Además, es un encanto. Sonrío. Una chica me observa desde el otro lado del establecimiento. Rápidamente, aparta la mirada, avergonzada. Me pregunto qué estaría pensando. Quizá sentía envidia, de que yo estuviese con un chico como Carlos, y ella allí sola, o simplemente por no ser tan mona. Entonces, ella mira al frente y esboza una gran sonrisa. Un chico bastante más alto que ella se acerca a su mesa. Ella se levanta y se lanza en sus brazos; luego, se besan.
Suspiro. Al fin y al cabo, es una chica afortunada. Probablemente estaría pensando que pronto ella tampoco se sentaría sola. El chico le da una rosa que llevaba oculta tras la espalda. Es una rosa blanca, y pienso que es la rosa más bonita que he visto nunca. Ella vuelve a sonreír, y le abraza.

-          Aquí tienes. –dice Carlos, haciéndome volver a la realidad. Deja el Smoothie de naranja y mango en la mesa, delante de mí, y se sienta en frente. Él ha pedido un Frappuccino.

-          Gracias. –respondo con una sonrisa, y doy un sorbo a la bebida.

Vuelvo a mirar al fondo, donde la pareja ahora charla animadamente. Me fijo en el chico. Es muy atractivo. No se parece en absoluto a Carlos. Parece más maduro, a pesar de que es probable que sea más pequeño que él. De hecho, me recuerda a otra persona. Sí, se parece al hermano de Ángela. Ese chico también parece mayor a pesar de tener sólo dieciséis años. Bueno, casi diecisiete, porque en ese momento recuerdo que el cumpleaños de Ángela, y por lo tanto, también el de Adam, es el próximo viernes. Tan sólo queda una semana.

-          ¿Sabes, Carlos? El viernes que viene es el cumpleaños de Angy.

-          ¿Angy es la chica del pelo corto, no? –pregunta.

-          Sí, cumple diecisiete, y hemos pensado celebrarlo en la playa. Habrá una fiesta. Así que estás invitado.

-          Ah, genial.

-          Tienes que ir vestido de blanco.

-          ¿Y eso porqué? –pregunta con una sonrisa.

-          Pues… no lo sé. Es una tradición, supongo. Siempre celebramos el cumpleaños de Angy en la playa, y lo de ir todos vestidos de blanco… es genial.

-          Qué original. –luego, pregunta: –¿Tendré que llevar un regalo?

-          ¡Claro! Si no, no te dejamos pasar.

-          Es la playa. No podéis impedirme que entre. –bromea, riendo.

-          Claro que sí, contrataremos a un par de gorilas.

-          Vale, vale. Está bien. –pone las manos en alto. –Entonces, ¿qué puedo regalarle? A penas la conozco, y no sé que le puede gustar.

-          Mmm… deja que lo piense un segundo.

Pienso en Ángela. Es mi mejor amiga. Bueno, una de mis mejores amigas, junto con Vicky. ¿Qué puede regalarle Carlos?

-          Un collar de esos de conchas. Es un detalle bonito, no es muy caro, y hay una tienda de esas aquí cerca. Recuerdo que hace unas semanas pasamos por delante y dijo que le gustaría tener uno.

-          Sí, creo que se cuál dices. Podemos pasar luego, y comprarlo.

-          Claro. Mejor si lo escojo yo; los chicos no tenéis muy buen gusto para esas cosas.

-          Bah, eso dicen todas, pero no es así.

Me río. Carlos es un buen chico, pero no es especial. Ni siquiera creo que tenga intención de ser nada más que mi amigo. Mejor, porque me cae realmente bien, y no me gustaría tener que plantarle. Vuelvo a sonreír.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Capítulo 2 [segunda parte]

Aquí está el final del segundo capítulo, con un momento algo tenso entre Lucas y Angy. ¡Disfrutadlo!


Segundos más tarde, en la cocina.
Me sirvo otro vaso de agua fría, y me lo bebo despacio. Aún me escuecen los ojos. ¿Notará que he llorado? No, tratándose de él, no notará nada. Subo las escaleras y llego a mi habitación. Cierro la puerta al entrar. Álvaro está tumbado en mi cama, con los brazos cruzados detrás de la cabeza. Se ha quitado la camiseta.

-          ¿Por dónde íbamos? –pregunta mientras me atrae hacia sí. –Ah, sí, ya me acuerdo.

Sus manos se deslizan hasta la parte baja de mi espalda. Me besa primero en la boca, luego en el cuello.

-          Álvaro, para. –susurro. –Tengo que copiar los apuntes.

Me levanto, zafándome de sus brazos, y termino de copiar los apuntes de filosofía que Lucas me había prestado esa mañana. Por el rabillo del ojo puedo ver que Álvaro se entretiene con mi móvil. Probablemente esté mirando las fotos, o los mensajes. Pero no me preocupa, la mayoría son de él, o de las chicas; suelo borrar aquellos que no me interesan.

-          Listo. –suspiro. –Voy a llevarle esto a mi hermano, enseguida vuelvo.

Beso a mi novio en los labios, y salgo al pasillo. La habitación de mi hermano está a menos de tres pasos de la mía. Toco en la puerta antes de entrar.

-          ¿Se puede?

-          Pasa.

Dentro de la habitación sólo está Lucas, sentado en la silla de escritorio.

-          ¿Y Adam?

-          Creo que ha ido al baño.

-          Ah. –entro, y le tiendo la libreta a Lucas. –Aquí tienes. Gracias otra vez.

En una esquina de la mesa descansa la radio, que está encendida. El locutor de Europa FM presenta el tema que acaba de empezar a sonar: Gracias, de Despistaos. Miro a Lucas, y me doy cuenta de que no lleva puestas las gafas, las ha dejado sobre la mesa. Tiene unos ojos muy bonitos, de un verde muy claro, y lleva el pelo castaño algo largo, pero le queda bien. Le da un toque desaliñado y… diferente.  ¡Pero qué digo! Si es Lucas, el friki de clase.

-          De nada. –responde, ojeando su cuaderno con una sonrisa.

-          Bueno, yo… me voy.

-          Espera. –dice, y se levanta de la silla.

Ahora está tan cerca de mí, que puedo notar su respiración. Debería apartarme, pero no lo hago. Huele bien, como a… ¿canela? Por un segundo, creo que va a besarme. Me recorre un escalofrío. ¿Qué me pasa?

-          Esto es tuyo, ¿no?

Lucas me devuelve una hoja que, sin querer había guardado dentro del cuaderno. Es uno de mis dibujos.

-          Ah. No me había dado cuenta. Gracias.

Esta vez sí, salgo de la habitación. Me apoyo contra la puerta al cerrarla. El corazón me late de prisa y me arden las mejillas. ¿Por qué hace tanto calor? Incluso para ser mediados de Junio, ¡es demasiado!

viernes, 5 de noviembre de 2010

Capítulo 2 [primera parte]

Bueno, hoy os dejo aquí la primera parte del segundo capítulo. Conoceréis mejor a Lucas, el chico rarito de la clase, y a Ádam, el hermano gemelo de Angy. ¡Espero que os guste!




Leo por décima vez la página del libro de historia contemporánea. Es inútil; por mucho que lo intente, no puedo concentrarme. ¡Qué más da! Seguro que no es muy difícil, y ya tengo sobresalientes en el resto de los exámenes que hemos hecho. Seguro que apruebo el curso.
¿Pero que estoy diciendo? Esto no es propio de mí. Saco un bolígrafo azul del cubilete y me dispongo a resumir la primera página en la libreta que tengo delante.

“Los movimientos sociales son producto del inconformismo de ciertos sectores de la sociedad…”

Me detengo. Delante de mí, colgado de la pared, hay un cuadro: es la foto de graduación que nos hicimos toda la clase el curso anterior. Todos los chicos vestíamos de traje, y las chicas con vestidos alucinantes. Y allí está ella, tan preciosa como siempre, aún más si cabe con ese vestido. Lleva el pelo algo más largo que ahora, y sus ojos color miel parecen verdes a la luz del sol. Ese vestido verde no podría quedarle mejor. Está riéndose, y probablemente no se ha dado cuenta de que el chico que está detrás de ella, soy yo. También sonrío, y sonrío de verdad, porque no puedo evitarlo cuando la tengo a mi lado, cuando huelo su perfume, cuando casi puedo tocar su pelo…

“…que desean transformar aspectos importantes de la vida. Entre ellos cabe a destacar: el feminismo, el ecologismo, el pacifismo…”

¡No puedo! Así, es imposible.
En ese momento, el sonido de mi móvil me sobresalta. Es Adam.

-          ¿Sí? –contesto.
-          Lucas, ¿qué estabas haciendo?
-          ¿Yo? Nada… estudiar. –aseguro.
-          Genial. ¿Puedes venir a mi casa? Necesito que me expliques esto de los movimientos sociales.
-          ¿Ahora?
-          Sí. Si puedes, claro.
-          Sí, sí. Estoy ahí en diez minutos.

Adam es el hermano de Ángela, y mi mejor amigo. ¡Menuda ironía! A decir verdad, paso más tiempo en casa de Adam que en la mía, lo cual es… una auténtica tortura. Porque sé que ella está allí, al otro lado de la habitación, y ni siquiera puedo verla.
Me pongo los primeros vaqueros que veo en el armario, y una camiseta amarilla sin mangas. Me miro en el espejo del baño. Tengo el pelo algo largo ¿Debería cortármelo? No, a mí me gusta así. Pero, ¿y a ella? ¿Le gustará?
Salgo del baño y cojo la llave de la moto, que está encima de mi cama. No es que me gusten demasiado las motos, pero es bastante útil para moverse por la ciudad sin tener que usar transporte público. ¿Por qué aquí, en España, no se puede conducir hasta los dieciocho? Si hubiese nacido en Canadá, por ejemplo, ya podría tener mi propio coche; como ése imbécil de segundo, Álvaro. Suspiro. ¿Estará con ella ahora? ¡Si ni siquiera la quiere! Lo sé porque no la mira como yo. La mira como mira a cualquier otra. Pero ella no es cualquiera, ella es única.
Llego a casa de los Márquez, y toco al timbre.



Ese mismo momento, en la planta alta de la casa de los Márquez.
Suena el timbre. Dejo el libro de historia abierto sobre la cama, y salgo de la habitación. Menos mal que Angy tiene la puerta cerrada. A saber qué estarán haciendo ella y su estúpido novio. Bajo las escaleras y abro la puerta.

-          Hola, pasa. –saludo a mi amigo.
-          ¿Está tu hermana? –me pregunta, mientras entra y sube las escaleras.
-          Sí, ¿por qué?

Siempre he pensado que a Lucas le gusta mi hermana, pero él nunca lo ha admitido.

-          Por nada. –responde. –Le he dejado los apuntes de filosofía y tal vez ya los haya copiado.
-          No creo que los haya copiado. –digo. –Creo que está… demasiado ocupada. –añado. –Aun así, le preguntaré. Yo también necesito que me los dejes.

Antes de llegar a mi habitación, nos detenemos en la puerta de al lado. Doy tres golpes, y al cabo de unos segundos, abre ese chico, Álvaro, y mi hermana mira desde detrás.

-          ¿Qué pasa? –me pregunta, con desgana. Noto como Lucas se pone blanco al verle. Ignoro a Álvaro.
-          ¿Ángela, puedes salir un momento?

Mi hermana sale y cierra la puerta.

-          Hola, Lucas. –dice. –¿Qué quieres, Adam?
-          ¿Has copiado los apuntes de filosofía? Los necesito.
-          ¿Qué…? ¡Ah! Los apuntes… pues no. Pero dame unos minutos, y te los dejo. –me asegura.
-          Vale.

Ahora estoy más seguro de que a Lucas le gusta mi hermana. Casi se atraganta cuando Álvaro ha salido de la habitación.

-          Tienes que explicarme el tema dieciocho de historia. Es una piedra. –le digo.

En realidad, le he llamado porque no podía concentrarme. Eso de estudiar en junio es una mierda. ¡Con el calor que hace! Podría estar en una piscina, o en la playa… ¡pero, no! ¡Tengo que encerrarme en mi habitación a estudiar historia, entre otras ocho asignaturas! Al menos, si estudio con alguien es más difícil que me distraiga.

-          Tío, ¿no tienes un ventilador o algo? –se queja Lucas al cabo de unos minutos.
-          Tenía, pero mi hermana se lo ha llevado a su habitación. Y la verdad, no me apetece ir a reclamárselo. –digo. –Bueno, voy a por un refresco. ¿Quieres una Coca cola fría?
-          Vale.

Bajo a la cocina. Ángela está allí, sirviéndose un vaso de agua de la nevera. Sin decirle nada, saco un par de latas de Coca cola light.

-          No te he preguntado si estás mejor. –comenta ella.

Lo pienso unos segundos. ¿Si estoy mejor? Ah, sí. Esa mañana me encontraba mal. Pero lo cierto es que ahora estoy perfectamente.

-          Es cierto. No me lo has preguntado.
Me mira, chasqueando con la lengua.
-          ¿Estás mejor?
-          ¿Acaso te importa? Si lo haces por quedar bien…
-          ¡No! –dice ella, soltando el vaso en la encimera. –Joder, Adam, eres mi hermano, claro que me importa.
-          Pues sí, estoy bien. Sólo me he despertado con dolor de cabeza. –respondo, sin mirarle a la cara, y salgo de la cocina.
-          Lo siento. –murmura ella, siguiéndome.

Me detengo.

-          ¿Qué?
-          Que lo siento. Todo. Siento estar así contigo. –dice, con un hilo de voz. –Siempre nos hemos llevado muy bien… pero desde que entramos al instituto, es como si no nos conociéramos. Y sé que es culpa mía, pero me gustaría arreglarlo.

No me esperaba aquello. Es cierto que, antes de entrar en aquel instituto… Ángela y yo éramos uña y carne. Pero después, cada uno fuimos por un camino distinto, y ella dejó de hablarme en clase. En casa, apenas nos dirigimos la palabra desde hace un par de años. Y claro que me gustaría arreglar las cosas, y estar como antes, pero a estas alturas me parece algo imposible. Yo soy el tipo de chico del que se ríen las chicas como mi hermana.

-          Ya lo sé. Pero no es tan fácil, Ángela. –respondo, y subo hasta mi habitación.

No me hace falta mirar hacia atrás para saber que está llorando.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Portada

¡Buenas!

Quiero compartir con vosotros la portada que he creado para mi novela.
Como veis, ya tiene título. ¡Por fin! No ha sido fácil decidirlo, porque el título dice mucho de un libro, así que debe ser un buen escaparate de lo que hay dentro. El porqué del título lo conoceréis más adelante, cuando se desarrolle la historia.
Se la dedico especialmente a Lúa, Julia, y todas aquellas personas que ya están aportando su granito de arena para hacer de esta pequeña historia algo único.
Y ya sabéis... para lo que queráis, ya sea darme ideas, críticas, o simplemente por curiosidad, podéis contactar conmigo enviándome un correo a selstarbucks@hotmail.es

Gracias.

viernes, 22 de octubre de 2010

Capítulo 1 [segunda parte]

Aquí está la segunda parte del primer capítulo. Conoceréis mejor a Patty, que mantendrá una corta pero interesante conversación con el hermano gemelo de Angy, y a Vicky, que está a punto de recibir una gran sorpresa.




Algo más tarde, en casa de los López.
Repiqueteo con las uñas sobre el ordenador portátil. Va demasiado lento.
Finalmente, la página de Tuenti se carga. Diez nuevas etiquetas en fotos. No me detengo a mirarlas: ya sé que son las que nos hicimos Angy, Vicky y yo el sábado pasado, en aquella fiesta. Las veré en otro momento. Apenas ha pasado medio minuto, cuando Pablo me saluda por el chat. Sonrío a solas en mi habitación.

-          Hola, preciosa.
-          Hola, Pablo.
-          Dime, ¿tienes algo que hacer este fin de semana?
-          Yo siempre tengo cosas que hacer…
-          Me refería a si has quedado con alguien. –acompaña la frase con un icono azul giñando un ojo.
-          Lo siento, Pablo. No puedo quedar contigo.
-          Vaya, ¿y eso, porqué?
-          Porque no me interesas. –al final de la frase, añado una cara sonriente; irónica.

 Pablo no se molesta en contestarme, si no que se desconecta. Vaya… quizá debería haberle seguido el juego un rato más, habría sido divertido. Segundos después, alguien más abre otra ventana en el chat. ¿Quién será esta vez? Pulso sobre el icono verde que parpadea en la esquina derecha inferior: Adam. El hermano de Angy. ¡Vaya! No sabía que estuviera interesado en mí; aunque pensándolo bien, ¿qué chico del instituto no estaría interesado en mí?

-          Patricia…
-          ¡Hola, Adam! ¿qué tal?
-          Bien, bien. Oye, ¿han dicho algo sobre lo que va a entrar en el examen del miércoles?

La pregunta me pilla desprevenida.

-          Ah… pues, el profesor ha dicho que tendrá diecisiete preguntas, y que cinco de ellas serán problemas.
-          Vale. Gracias.

Contesto con otra cara sonriente.

-          ¿Sólo ibas a preguntarme eso? –digo, después de unos minutos.
-          Sí, ¿por qué?
-          Ah, por nada.

A decir verdad, pensaba que querría quedar conmigo, pedirme salir, o algo por el estilo. Claro que… yo jamás saldría con Adam.

-          ¿Por qué no has venido hoy a clase? –pregunto. No es usual que el hermano de Ángela se salte las clases, y menos una semana antes de los exámenes.

-          No me encontraba bien. Menuda sorpresa, Patricia López se ha dado cuenta de que he faltado a clase.
-          ¿Por qué es extraño?
-          Porque tú nunca te fijas en nadie más que en ti misma. –responde.
-          ¿Por qué dices eso? –pregunto, al cabo de unos minutos.
-          Llevo cinco años yendo a tu clase. A estas alturas ya sé que tú nunca te fijas en nadie, es la gente la que se fija en ti.
-          Adam, no te entiendo.
-          No me extraña. Déjalo.

Le hago caso. No merece la pena darle vueltas; al fin y al cabo, Adam siempre ha sido un rarito.

-          Una cosa más… ¿por qué me has preguntado a mí lo del examen?
-          Pues, porque eres la primera persona de clase a la que he visto conectada.
-          ¿Y tu hermana?
-          Creo que está ocupada ahora mismo.
-          Ah. Supongo que… nunca os habéis llevado demasiado bien.
-          Supones bien. Pero no es eso; es que está en su habitación con Álvaro, están “estudiando”.
-          Ah, vale. –contesto, con un icono azul giñando el ojo. –Yo también debería estudiar.
-          Pero no lo vas a hacer.

Sonrío. Es realmente divertido hablar con este chico.

-          Tienes razón. Voy a dar una vuelta. Un beso.
-          Que lo pases bien.

Antes de desconectarme, vuelvo a actualizar la página. Un mensaje privado. Es de Carlos, un chico de último curso que está realmente bien.
“¿Te hace un paseo por el centro? Y luego podemos tomar algo en el Starbucks. Invito yo.”

En fin… ¿por qué no?

“Ok. ¿Me recoges en veinte minutos?”

Y me desconecto.




Ese mismo momento, en otra parte de la ciudad.
Me miro en el espejo. Dios, ¿estoy engordando? ¡No puede ser!
Me giro. Parece que tengo las piernas de un ciclista. ¿Y estas cartucheras? 
Alguien toca en la puerta del baño.

-          Cariño, ¿te encuentras bien? No has comido nada.
-          Estoy bien mamá. –miento.
-          Vale. Tengo que irme otra vez. Mañana te llamaré, ¿de acuerdo?
-          OK.

Cuando oigo el sonido del motor del coche, salgo del baño, y me dirijo al salón. Lo cierto es que ya estoy acostumbrada a estar sola: desde que mi padre se fue, mamá trabaja casi las veinticuatro horas del día, y tiene que salir a menudo de la ciudad. De lo contrario, no podríamos permitirnos una casa así. Me siento en el sofá de terciopelo negro y coloco el libro de historia sobre mis rodillas. Son sólo cuatro temas y medio… ¡pero parece casi imposible aprenderse todo eso en tan sólo seis días! Sobre la mesita que tengo delante, descansa mi móvil: una Blackberry en color negro y plateado de última generación. No puedo evitarlo; la cojo y compruebo que tengo tres mensajes nuevos. Lo había dejado en modo silencio para no distraerme… pero aun así, es imposible.
El primer mensaje es de Carlos, un chico de último curso que me pregunta si quiero ir a dar una vuelta. Le contesto que no puedo, que tengo que estudiar.
El segundo es de una chica de clase, Teresa, que me invita a una fiesta en su casa. Paso; le digo que ya he quedado.
El tercero, es de un número desconocido. Lo leo con atención.

“Buenas tardes, preciosa. ¿Has visto que buen día hace hoy? Probablemente estarás estudiando, pero estoy seguro de que te apetece más salir de casa que quedarte ahí. Sal al patio y mira debajo del banco de madera.”

No sé quién me envía el mensaje, pero la curiosidad me puede. Salgo al patio delantero de mi casa, y me dirijo, tal y como dice en el mensaje, al pequeño banquito de madera. Me agacho para mirar debajo: hay un paquete con un lazo, y en la tapa lleva escrito mi nombre con rotulador plateado: Vicky. ¿Desde cuándo está eso ahí? Lo abro. Dentro, hay dos cosas: un papel doblado por la mitad, y un vestido. Un vestido precioso, de color azul con flores en tonos celestes. Abro la nota:

“Estoy seguro de que te quedará genial, aunque es imposible que te haga parecer más bonita de lo que ya eres. Póntelo, y sal a dar una vuelta. ¡Pero no ligues demasiado!, ¿eh?”

Alucinada, miro a mi alrededor. ¿Quién…? En la acera de enfrente, un par de niñas juegan a la comba, y sus respectivos padres charlan mientras se fuman un cigarro. No, allí no hay nadie que haya podido dejar aquello y… ¡el SMS! Esa persona tiene mi número de teléfono.

“¿Quién eres?” –escribo.

En menos de un minuto, un par de pitidos anuncian la respuesta:
“Eso vas a tener que descubrirlo por ti misma”.

Sonrío.
Así que, finalmente, decido ir a la fiesta en casa de Teresa, aunque sé que ni Patty ni Angy irán.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Capítulo 1 [primera parte]

Bien, hoy sólo dejaré una parte del primer capítulo, ya que el capítulo entero son unas 6 o 7 páginas de word. Así podréis saber cómo escribo y haceros una idea de la ambientación de la novela. Antes, quiero aclarar que no hay un protagonista principal, sino que consta de una serie de historias paralelas cuyos personajes están relacionados entre sí. En esta primera parte narrada por Angy, la conoceréis a ella, a su novio Álvaro, a sus dos mejores amigas, y al chico de su clase que está obsesionado con ella. Espero que os guste.








Un viernes de junio. Última hora de clase en el instituto.
Suspiro. Me giro, para mirar el gran reloj redondeado que cuelga de la pared, al fondo de la clase. Las dos en punto. Ya sólo quedan cincuenta y nueve minutos. Vuelvo a suspirar, e intento centrarme en lo que el profesor de Filosofía está explicando. Oigo un par de nombres: un tal Kant, y otro en alemán casi impronunciable. Algo de lo que dice me suena; lleva con lo mismo todo el maldito curso, pero lo cierto es que la filosofía no es lo mío. Al menos, no la que explican los profesores en el instituto. ¿Qué más me da a mí lo que pensaran aquellos señores amargados, hace mil años? ¿Acaso no tenían otra cosa mejor que hacer, que escribir todo lo que se les pasaba por la cabeza para que, siglos más tarde, nos tuviesen que torturar haciendo que lo comprendiéramos? Bah. Inconscientemente, vuelvo a mirar hacia atrás.
¿Las dos y cinco? ¡Sólo cinco minutos! A lo mejor, es cierto que, cuanto más rápido quieres que pase el tiempo, más lento pasa. Algo así como aquella ley, la Ley de Murphy: “Si algo puede salir mal, saldrá mal.” Decido no volver a mirar el reloj; en vez de eso, intento pensar en lo poco que queda para que acabe toda aquella tortura. Apenas quedan unas semanas de instituto. Y después… ¡vacaciones! Por fin, el verano. Mi estación favorita del año, aunque en realidad, es la favorita de casi todo el mundo. Porque, ¿a quién no le gusta levantarse todas las mañanas cuando ya no puedes dormir más, en vez de madrugar y maldecir al despertador?

Despertador: Objeto que todos necesitamos, así como odiamos. Unos, destruyen tus sueños con una música suave y apacible. Otros, con un estridente: ¡¡¡Riiiiiing!!! Sea como sea, siempre es igual de irritante. Ya puede ser un móvil con tu canción favorita como alarma: siempre deseas que, por arte de magia, se estropee y no suene. Claro que, eso nunca sucede.

Ya no puedo evitarlo más, y vuelvo a mirar.
¡Y media! Con la tontería del despertador, se me ha pasado la media hora sin darme cuenta. Allí, sentado al fondo, casi debajo del reloj, un chico me mira a los ojos y me sonríe. No es nada nuevo: lo hace todos los días desde… ¿quién sabe cuándo? Desde siempre. Y resulta desagradable, pero aun así, no puedo evitar ruborizarme.

Rubor: Cuando decimos que una persona normal se ruboriza, nos referimos a que la piel de sus mejillas ha adoptado un color sonrosado. Cuando decimos que Ángela Márquez –o sea, yo- se ruboriza, nos referimos a que, por su cara entera, así como su cuello, se han expandido una serie de motitas rojas que, en conjunto, hacen parecer su cara un volcán a punto de estallar. Y es que es lo que tiene tener la piel tan blanquita.

Maldigo a aquel chico, y vuelvo a mirar hacia delante. En esta ocasión, mi mirada se cruza con la de Patty, que sonríe, acostumbrada ya a ese color de mi cara que a otros les haría preguntarse si tengo el sarampión, o algo parecido. Ella se sienta apenas dos mesas a la derecha –como está a punto de empezar la semana de exámenes, los últimos exámenes del curso, el profesor ya ha separado nuestras mesas- y en ese momento, me muestra una hoja, con algo escrito en rotulador rojo:
“Te veo ansiosa! Respira: sólo keda media hora para el fin d semana”
Sonrío, o al menos, intento sonreír.

Patty: Patricia López de nombre completo. Tiene diecisiete años, y es una de mis mejores amigas desde primero de la ESO. Tiene un cuerpo estupendo, por supuesto, y una cara bonita. Suele llevar el pelo suelto, que le llega por debajo de los hombros, y es de color café, así como sus ojos. Está morena durante todo el año, y a veces la envidio por ello; pero es una envidia sana, de las buenas. Siempre lleva gloss transparente en los labios, y eso, probablemente, la hace aún más irresistible para los chicos. Y es que Patty nunca pasa más de dos días seguidos sin novio.

No recuerdo muy bien cómo nos hicimos amigas. Yo llegué en primero, y supongo que, cuando llegas, cuando entras a un sitio nuevo por primera vez, sabes dónde está tu lugar. Y yo supe que mi lugar era el mismo que el de Patty.
De repente, suena el timbre que indica que la clase ha llegado a su fin. El profesor de filosofía, un hombre de apenas treinta años, muy alto y delgado, de aspecto débil, intenta recordar que la semana que viene, el jueves, habrá examen; pero es inútil: más de la mitad de los alumnos ya han salido de la clase, y el resto, aún recoge sus cosas rápidamente, deseando salir de allí cuanto antes, y no oye lo que éste dice. Y luego estamos nosotras tres: Patty, Vicky, y yo. A pesar de que deseamos salir de allí cuanto antes, como el resto, tenemos la costumbre de ser las últimas en salir del aula. ¿Quién sabe por qué? Simplemente, es algo que hacemos desde siempre, y ninguna de nosotras lo cuestiona.
Cuando meto el último libro en mi mochila, me levanto en dirección a mis dos amigas, que ya han recogido sus cosas y esperan que me una a ellas, al lado de la puerta. Pero antes, compruebo si la clase ya se ha quedado vacía. Doy una vuelta sobre mis talones: el profesor ya ha salido… y… me detengo en seco. Ahí está, caminando hacia mí, aquel chico tan pesado.

-          Ángela. –me saluda, sonriendo. Por un momento, pienso que tiene una voz bonita, casi dulce. Pero luego le miro de arriba abajo y ese pensamiento se disipa: lleva una camiseta marrón con un dibujo hortera en el centro, que reconozco cómo un superhéroe de algún cómic, y unos vaqueros rotos demasiado anchos. Y para colmo, un gorrito de lana cuyo color hace un contraste extraño con la camiseta. ¡Un gorro de lana en pleno verano! Y qué decir de las gafas… eso, tampoco ayuda demasiado. Por un momento me pregunto si también llevará aparato dental. No, eso no. Menos mal: era lo único que le faltaba.

-          Hola… -me muerdo el labio, llevando la mirada al suelo para no reírme, mientras intento recordar el nombre de aquel chico que lleva colado por mí cinco años. -…Lucas.

-          He notado que no estabas prestando mucha atención a la clase. –dice, mientras se quita las gafas de vista para limpiarlas con el filo de su camiseta. Y por primera vez, me doy cuenta de que sus ojos son verdes.

-          ¿Ah, sí?

-          Sí. Por eso quería decirte que, si quieres, yo puedo dejarte los apuntes.

Lucas me ofrece una libreta de color azul que llevaba bajo el brazo. La ojeo. De principio a fin, las páginas están repletas de notas en color azul, verde, o negro. Tiene una letra muy bonita.

-          Vaya. –le miro a los ojos, de nuevo cubiertos con aquellas gafas tan poco favorecedoras, y pienso que, si aquel chico no fuese tan friki, tal vez sería bastante mono. –Muchas gracias, Lucas. ¿Estás seguro de que puedes dejármela? Tú también tendrás que estudiar para el examen…

-          No te preocupes. –dice, guiñándome un ojo. –Filosofía es una asignatura tan fácil, que con lo que atiendo en clase, ya tengo de sobra para el notable. No necesito estudiar.

Por un momento, pienso que aquel chico se está quedando conmigo, que me está llamando tonta, o algo así, pero cuando mis amigas empiezan a impacientarse, sólo digo:
-          Bueno, gracias. Ya te la devolveré.

Él grita algo desde el interior de la clase como respuesta, pero no puedo oírlo: ya he salido del aula, y el murmullo de los alumnos, emocionados ante la perspectiva de todo un fin de semana por delante, es ensordecedor.
A mi izquierda, está Patty. A la derecha, Vicky.

Vicky: Victoria Inmaculada Pérez. Odia que le llamen Inma, quizá por eso, los profesores siempre lo hacen. Es más bajita que Patty, pero no tanto como yo. Por supuesto, si le preguntas a cualquier chico, no sólo de nuestra clase, sino del colegio entero, te dirá que está buenísima. Y probablemente algunas chicas también, pero por lo general, todas le tienen envidia. Tiene el pelo ondulado y rubio natural. Lo lleva muy largo, casi le llega hasta la cintura. Su piel es casi tan clara como la mía, pero en estas épocas del año, ya está morena por el sol. Sus ojos son azules. Y siempre va masticando chicle de fresa. Siempre.

Y así, las tres caminamos charlando alegremente sobre lo que vamos a hacer en el fin de semana. Todos los chicos, tanto los de nuestra clase, como los más pequeños, y los de último curso, nos miran y nos sonríen. Alguno que otro, nos silba. Las chicas, nos miran recelosas. Algunas, con envidia, en incluso con odio. Pero todos nos saludan, y nos desean un buen fin de semana. Y nosotras sonreímos; nos encanta que nos miren. Nos encanta ser populares.
Por fin, llegamos al fondo del pasillo, donde está el aula de segundo de bachillerato. Por línea general, las chicas de primero nunca se acercan a la clase de segundo: alumnos de último curso imponen mucho. Es una zona prohibida, vetada. Pero no para nosotras.
Álvaro Hernández, probablemente el chico más popular del instituto, y por supuesto, el más cañón, sale del aula colocándose su mochila de Volcom a la espalda. Y me mira.

-          ¿Te he dicho ya lo guapa que estás hoy? –me susurra al oído cuando llega a mi lado, después de agarrarme por la cintura. Suspiro.

-          Unas cinco veces, entre la primera hora, el recreo y esta vez.

-          Ah. Pues no me canso de decírtelo.

Antes, sentía un escalofrío cada vez que me decía aquello. Después de dos semanas con el mismo cumplido, una empieza a tomárselo como una rutina. Casi empezaba a preguntarme si lo decía irónicamente.
Álvaro me da un beso suave en los labios, y yo le respondo con otro.

-          ¿Has hecho planes para esta tarde? –me pregunta, cuando ya estamos saliendo del instituto.

-          Bueno… -me froto teatralmente la barbilla, pensativa –Teresa Gutiérrez me ha invitado a una fiesta en su casa, Marcos Parra quería que estudiáramos juntos, y Guillermo Alfaro me ha invitado a cenar, directamente.

-          Vaya. ¿Y entonces…?

-          Me quedaré en casa. Tengo mucho que estudiar: la semana que viene empiezan los exámenes. –digo. Álvaro me mira con fastidio.

-          Y yo que iba a proponerte una tarde romántica…

En el mundo de Álvaro, una tarde romántica significaría jugar a la Xbox, cenar pizza, y tener sexo.

-          Ya. Pues lo siento, pero hoy tengo que estudiar. Últimamente estoy dejando los estudios algo descuidados, y no quiero tener problemas con mis padres. –reconozco.

-          Vale, lo entiendo. Entonces, iré a tu casa, y te echaré una mano.

Suelto una carcajada.

-          ¿Tú me vas a ayudar con los estudios? Pero si en tu vida has sacado más de un seis… ni siquiera sé cómo pasaste de curso.

-          Aun así, podré decirte lo que va a entrar en los exámenes. Recuerda que yo ya he estado en primero.

Lo pienso unos instantes. Es cierto que estudiar con él podría venirme bien, pero tratándose de Álvaro… no estoy muy segura de que estudiar sea precisamente lo que vamos a hacer.

-          Y si acabamos pronto… -insinúa, haciendo eco de mis pensamientos.

-          Mis padres estarán en la planta baja. Por no hablar de mi hermano. No. –sentencio.

-          Vale, vale.

Esa respuesta no me deja muy tranquila, es lo que dice siempre que quiere dar un tema por zanjado, pero al final, siempre acaba saliéndose con la suya.

Álvaro Hernández: Tiene dieciocho años, y un cuerpo de infarto. Y es que pasa más del cuarenta por ciento de su tiempo libre en el gimnasio. Va a segundo de bachillerato, y al menos la mitad de las chicas del instituto están locas por sus ojos castaños y su sonrisa pícara. Lleva el pelo rubio algo despeinado, y a pesar de que no es muy alto, a mí me saca al menos ocho centímetros. A decir verdad, no tiene mucho cerebro, pero tampoco es que le haga falta. Tiene todo lo que cualquier chico de su edad desearía tener. Yo, por supuesto, estoy loca por él desde primero. Y hace tres semanas que empezamos a salir. Casi una vida.

Al llegar a la parada de autobús, nos despedimos con otro beso, esta vez más largo. Lo cierto es que Álvaro no besa muy bien. Aunque yo tampoco soy nadie para juzgar: es el primer y único chico al que he besado en mi vida.

-          Nos vemos a las cinco y media. –le digo, con una sonrisa.