del primer capítulo, ya que el capítulo entero son unas 6 o 7 páginas de word. Así podréis saber cómo escribo y haceros una idea de la ambientación de la novela. Antes, quiero aclarar que
hay un protagonista principal, sino que consta de una serie de historias paralelas cuyos personajes están relacionados entre sí. En esta primera parte narrada por Angy, la conoceréis a ella, a su novio Álvaro, a sus dos mejores amigas, y al chico de su clase que está obsesionado con ella. Espero que os guste.
Un viernes de junio. Última hora de clase en el instituto.
Suspiro. Me giro, para mirar el gran reloj redondeado que cuelga de la pared, al fondo de la clase. Las dos en punto. Ya sólo quedan cincuenta y nueve minutos. Vuelvo a suspirar, e intento centrarme en lo que el profesor de Filosofía está explicando. Oigo un par de nombres: un tal Kant, y otro en alemán casi impronunciable. Algo de lo que dice me suena; lleva con lo mismo todo el maldito curso, pero lo cierto es que la filosofía no es lo mío. Al menos, no la que explican los profesores en el instituto. ¿Qué más me da a mí lo que pensaran aquellos señores amargados, hace mil años? ¿Acaso no tenían otra cosa mejor que hacer, que escribir todo lo que se les pasaba por la cabeza para que, siglos más tarde, nos tuviesen que torturar haciendo que lo comprendiéramos? Bah. Inconscientemente, vuelvo a mirar hacia atrás.
¿Las dos y cinco? ¡Sólo cinco minutos! A lo mejor, es cierto que, cuanto más rápido quieres que pase el tiempo, más lento pasa. Algo así como aquella ley, la Ley de Murphy: “Si algo puede salir mal, saldrá mal.” Decido no volver a mirar el reloj; en vez de eso, intento pensar en lo poco que queda para que acabe toda aquella tortura. Apenas quedan unas semanas de instituto. Y después… ¡vacaciones! Por fin, el verano. Mi estación favorita del año, aunque en realidad, es la favorita de casi todo el mundo. Porque, ¿a quién no le gusta levantarse todas las mañanas cuando ya no puedes dormir más, en vez de madrugar y maldecir al despertador?
Despertador: Objeto que todos necesitamos, así como odiamos. Unos, destruyen tus sueños con una música suave y apacible. Otros, con un estridente: ¡¡¡Riiiiiing!!! Sea como sea, siempre es igual de irritante. Ya puede ser un móvil con tu canción favorita como alarma: siempre deseas que, por arte de magia, se estropee y no suene. Claro que, eso nunca sucede.
Ya no puedo evitarlo más, y vuelvo a mirar.
¡Y media! Con la tontería del despertador, se me ha pasado la media hora sin darme cuenta. Allí, sentado al fondo, casi debajo del reloj, un chico me mira a los ojos y me sonríe. No es nada nuevo: lo hace todos los días desde… ¿quién sabe cuándo? Desde siempre. Y resulta desagradable, pero aun así, no puedo evitar ruborizarme.
Rubor: Cuando decimos que una persona normal se ruboriza, nos referimos a que la piel de sus mejillas ha adoptado un color sonrosado. Cuando decimos que Ángela Márquez –o sea, yo- se ruboriza, nos referimos a que, por su cara entera, así como su cuello, se han expandido una serie de motitas rojas que, en conjunto, hacen parecer su cara un volcán a punto de estallar. Y es que es lo que tiene tener la piel tan blanquita.
Maldigo a aquel chico, y vuelvo a mirar hacia delante. En esta ocasión, mi mirada se cruza con la de Patty, que sonríe, acostumbrada ya a ese color de mi cara que a otros les haría preguntarse si tengo el sarampión, o algo parecido. Ella se sienta apenas dos mesas a la derecha –como está a punto de empezar la semana de exámenes, los últimos exámenes del curso, el profesor ya ha separado nuestras mesas- y en ese momento, me muestra una hoja, con algo escrito en rotulador rojo:
“Te veo ansiosa! Respira: sólo keda media hora para el fin d semana”
Sonrío, o al menos, intento sonreír.
Patty: Patricia López de nombre completo. Tiene diecisiete años, y es una de mis mejores amigas desde primero de la ESO. Tiene un cuerpo estupendo, por supuesto, y una cara bonita. Suele llevar el pelo suelto, que le llega por debajo de los hombros, y es de color café, así como sus ojos. Está morena durante todo el año, y a veces la envidio por ello; pero es una envidia sana, de las buenas. Siempre lleva gloss transparente en los labios, y eso, probablemente, la hace aún más irresistible para los chicos. Y es que Patty nunca pasa más de dos días seguidos sin novio.
No recuerdo muy bien cómo nos hicimos amigas. Yo llegué en primero, y supongo que, cuando llegas, cuando entras a un sitio nuevo por primera vez, sabes dónde está tu lugar. Y yo supe que mi lugar era el mismo que el de Patty.
De repente, suena el timbre que indica que la clase ha llegado a su fin. El profesor de filosofía, un hombre de apenas treinta años, muy alto y delgado, de aspecto débil, intenta recordar que la semana que viene, el jueves, habrá examen; pero es inútil: más de la mitad de los alumnos ya han salido de la clase, y el resto, aún recoge sus cosas rápidamente, deseando salir de allí cuanto antes, y no oye lo que éste dice. Y luego estamos nosotras tres: Patty, Vicky, y yo. A pesar de que deseamos salir de allí cuanto antes, como el resto, tenemos la costumbre de ser las últimas en salir del aula. ¿Quién sabe por qué? Simplemente, es algo que hacemos desde siempre, y ninguna de nosotras lo cuestiona.
Cuando meto el último libro en mi mochila, me levanto en dirección a mis dos amigas, que ya han recogido sus cosas y esperan que me una a ellas, al lado de la puerta. Pero antes, compruebo si la clase ya se ha quedado vacía. Doy una vuelta sobre mis talones: el profesor ya ha salido… y… me detengo en seco. Ahí está, caminando hacia mí, aquel chico tan pesado.
- Ángela. –me saluda, sonriendo. Por un momento, pienso que tiene una voz bonita, casi dulce. Pero luego le miro de arriba abajo y ese pensamiento se disipa: lleva una camiseta marrón con un dibujo hortera en el centro, que reconozco cómo un superhéroe de algún cómic, y unos vaqueros rotos demasiado anchos. Y para colmo, un gorrito de lana cuyo color hace un contraste extraño con la camiseta. ¡Un gorro de lana en pleno verano! Y qué decir de las gafas… eso, tampoco ayuda demasiado. Por un momento me pregunto si también llevará aparato dental. No, eso no. Menos mal: era lo único que le faltaba.
- Hola… -me muerdo el labio, llevando la mirada al suelo para no reírme, mientras intento recordar el nombre de aquel chico que lleva colado por mí cinco años. -…Lucas.
- He notado que no estabas prestando mucha atención a la clase. –dice, mientras se quita las gafas de vista para limpiarlas con el filo de su camiseta. Y por primera vez, me doy cuenta de que sus ojos son verdes.
- ¿Ah, sí?
- Sí. Por eso quería decirte que, si quieres, yo puedo dejarte los apuntes.
Lucas me ofrece una libreta de color azul que llevaba bajo el brazo. La ojeo. De principio a fin, las páginas están repletas de notas en color azul, verde, o negro. Tiene una letra muy bonita.
- Vaya. –le miro a los ojos, de nuevo cubiertos con aquellas gafas tan poco favorecedoras, y pienso que, si aquel chico no fuese tan friki, tal vez sería bastante mono. –Muchas gracias, Lucas. ¿Estás seguro de que puedes dejármela? Tú también tendrás que estudiar para el examen…
- No te preocupes. –dice, guiñándome un ojo. –Filosofía es una asignatura tan fácil, que con lo que atiendo en clase, ya tengo de sobra para el notable. No necesito estudiar.
Por un momento, pienso que aquel chico se está quedando conmigo, que me está llamando tonta, o algo así, pero cuando mis amigas empiezan a impacientarse, sólo digo:
- Bueno, gracias. Ya te la devolveré.
Él grita algo desde el interior de la clase como respuesta, pero no puedo oírlo: ya he salido del aula, y el murmullo de los alumnos, emocionados ante la perspectiva de todo un fin de semana por delante, es ensordecedor.
A mi izquierda, está Patty. A la derecha, Vicky.
Vicky: Victoria Inmaculada Pérez. Odia que le llamen Inma, quizá por eso, los profesores siempre lo hacen. Es más bajita que Patty, pero no tanto como yo. Por supuesto, si le preguntas a cualquier chico, no sólo de nuestra clase, sino del colegio entero, te dirá que está buenísima. Y probablemente algunas chicas también, pero por lo general, todas le tienen envidia. Tiene el pelo ondulado y rubio natural. Lo lleva muy largo, casi le llega hasta la cintura. Su piel es casi tan clara como la mía, pero en estas épocas del año, ya está morena por el sol. Sus ojos son azules. Y siempre va masticando chicle de fresa. Siempre.
Y así, las tres caminamos charlando alegremente sobre lo que vamos a hacer en el fin de semana. Todos los chicos, tanto los de nuestra clase, como los más pequeños, y los de último curso, nos miran y nos sonríen. Alguno que otro, nos silba. Las chicas, nos miran recelosas. Algunas, con envidia, en incluso con odio. Pero todos nos saludan, y nos desean un buen fin de semana. Y nosotras sonreímos; nos encanta que nos miren. Nos encanta ser populares.
Por fin, llegamos al fondo del pasillo, donde está el aula de segundo de bachillerato. Por línea general, las chicas de primero nunca se acercan a la clase de segundo: alumnos de último curso imponen mucho. Es una zona prohibida, vetada. Pero no para nosotras.
Álvaro Hernández, probablemente el chico más popular del instituto, y por supuesto, el más cañón, sale del aula colocándose su mochila de Volcom a la espalda. Y me mira.
- ¿Te he dicho ya lo guapa que estás hoy? –me susurra al oído cuando llega a mi lado, después de agarrarme por la cintura. Suspiro.
- Unas cinco veces, entre la primera hora, el recreo y esta vez.
- Ah. Pues no me canso de decírtelo.
Antes, sentía un escalofrío cada vez que me decía aquello. Después de dos semanas con el mismo cumplido, una empieza a tomárselo como una rutina. Casi empezaba a preguntarme si lo decía irónicamente.
Álvaro me da un beso suave en los labios, y yo le respondo con otro.
- ¿Has hecho planes para esta tarde? –me pregunta, cuando ya estamos saliendo del instituto.
- Bueno… -me froto teatralmente la barbilla, pensativa –Teresa Gutiérrez me ha invitado a una fiesta en su casa, Marcos Parra quería que estudiáramos juntos, y Guillermo Alfaro me ha invitado a cenar, directamente.
- Vaya. ¿Y entonces…?
- Me quedaré en casa. Tengo mucho que estudiar: la semana que viene empiezan los exámenes. –digo. Álvaro me mira con fastidio.
- Y yo que iba a proponerte una tarde romántica…
En el mundo de Álvaro, una tarde romántica significaría jugar a la Xbox, cenar pizza, y tener sexo.
- Ya. Pues lo siento, pero hoy tengo que estudiar. Últimamente estoy dejando los estudios algo descuidados, y no quiero tener problemas con mis padres. –reconozco.
- Vale, lo entiendo. Entonces, iré a tu casa, y te echaré una mano.
Suelto una carcajada.
- ¿Tú me vas a ayudar con los estudios? Pero si en tu vida has sacado más de un seis… ni siquiera sé cómo pasaste de curso.
- Aun así, podré decirte lo que va a entrar en los exámenes. Recuerda que yo ya he estado en primero.
Lo pienso unos instantes. Es cierto que estudiar con él podría venirme bien, pero tratándose de Álvaro… no estoy muy segura de que estudiar sea precisamente lo que vamos a hacer.
- Y si acabamos pronto… -insinúa, haciendo eco de mis pensamientos.
- Mis padres estarán en la planta baja. Por no hablar de mi hermano. No. –sentencio.
- Vale, vale.
Esa respuesta no me deja muy tranquila, es lo que dice siempre que quiere dar un tema por zanjado, pero al final, siempre acaba saliéndose con la suya.
Álvaro Hernández: Tiene dieciocho años, y un cuerpo de infarto. Y es que pasa más del cuarenta por ciento de su tiempo libre en el gimnasio. Va a segundo de bachillerato, y al menos la mitad de las chicas del instituto están locas por sus ojos castaños y su sonrisa pícara. Lleva el pelo rubio algo despeinado, y a pesar de que no es muy alto, a mí me saca al menos ocho centímetros. A decir verdad, no tiene mucho cerebro, pero tampoco es que le haga falta. Tiene todo lo que cualquier chico de su edad desearía tener. Yo, por supuesto, estoy loca por él desde primero. Y hace tres semanas que empezamos a salir. Casi una vida.
Al llegar a la parada de autobús, nos despedimos con otro beso, esta vez más largo. Lo cierto es que Álvaro no besa muy bien. Aunque yo tampoco soy nadie para juzgar: es el primer y único chico al que he besado en mi vida.
- Nos vemos a las cinco y media. –le digo, con una sonrisa.