Regalo Abrazos

viernes, 21 de enero de 2011

Capítulo 3 [última parte]

¡Buenas!
Siento mucho haber estado tanto tiempo sin aparecer por aquí, pero he estado bastante ocupada estos días.
Como recompensa os voy a dejar la última parte del 3º capítulo, que es muy especial, al menos para mí... ya que se empiezan a conocer más detalles sobre uno de mis personajes favoritos, el pretendiente secreto de Vicky.
Espero que os guste, ¡y muchísimas gracias por vuestro apoyo, y por seguir mi historia!


Unas horas más tarde, en casa de los Márquez.

-          El viernes es tu cumpleaños, Adam. ¿Has pensado celebrarlo? –pregunto.

Sé que a Adam nunca le ha hecho especial ilusión celebrar su cumpleaños, pero aun así, lo intento.

-          Es cierto, lo había olvidado. –admite. –Pues, supongo que no. No tengo intención de celebrar nada, Lucas.

-          Si quieres, podemos hacer algo los tres. Sergio, tú, y yo.

-          Mi hermana va a hacer una fiesta en la playa, como todos los años. A lo mejor quieres ir. –dice.

Es cierto, la fiesta de Ángela. El año anterior fui. Por primera vez, me atreví a ir, después de muchos años. Apenas estuve un par de horas, porque ella estaba demasiado ocupada para darse cuenta de que yo estaba allí. Pero entonces ya habíamos celebrado el cumpleaños de Adam.

-          No voy a ir a ninguna fiesta mientras tú te quedas en casa el día de tu cumpleaños. Ya pensaremos en algo.

-          Está bien, como quieras.

-          Y hablando de Sergio, ¿últimamente no lo has notado algo… ausente? –pregunto.

-          Bueno, no sé… será por todo eso de la selectividad, ¿no?

-          Por dios, Adam. ¿Estamos hablando del mismo Sergio, no? Ese que tenía un examen final de filosofía y se enteró cinco minutos antes.

Ambos nos reímos al imaginar la escena; Sergio estudiando, a las tantas de la madrugada, con la lámpara de su habitación encendida y una taza de café en la mano. No va demasiado con él.

-          Bueno, al final aprobó el examen. –dice Adam, entre risas.

-          Tuvo suerte.

-          Ese imbécil siempre tiene suerte. En cambio, mira yo: me paso las tardes estudiando y no saco más de un notable.

-          Sacar sietes no es tener malas notas.

-          Mira quién lo dice. Claro, como tú no necesitas estudiar…

-          Yo sí estudio.

-          Porque quieres. Si no lo hicieras, sacarías notables. Pero aun así estudias, así que sacas onces. ¿No ves que estás hecho un súper dotado?

-          No pueden ponerme onces. –replico.

-          Te los pondrían si pudieran.

Nos volvemos a reír. Estudiamos un par de horas más, y después, nos despedimos. Cuando llego a mi casa, sólo tengo ganas de tirarme en la cama y quedarme dormido, pero no lo consigo.

Esa misma noche, en otro lugar de la ciudad.
Son casi las doce. Parece que no hay nadie en casa; desde fuera, todas las luces parecen estar apagadas, y no se ve ningún vehículo en la entrada. Aparco el coche justo en frente del enorme portón, y apago las luces para pasar lo más desapercibido posible. Lo cierto es que no sé muy bien lo que hago allí, quizá estoy obsesionándome demasiado, y debería volver a casa… pero en ese momento alguien se acerca por detrás; puedo oír el repiqueteo de los zapatos de tacón cada vez a menos distancia: es una chica. Muevo ligeramente el espejo retrovisor y me agacho en el asiento para que no pueda verme.
Es ella.
Lleva el vestido puesto, y está aún más guapa que de costumbre. De repente, se oye un crujido: ha metido el pie en una alcantarilla y se le ha partido un tacón. Maldice en silencio, pero sigue andando después de arrancarse el otro.
Cuando pasa justo al lado de la ventanilla del asiento de conductor, me planteo bajarme y decirle algo… pero no lo hago. Probablemente se asustaría. Como para no asustarse… un chico que no conoce de nada, que le envía regalos y le manda mensajes al móvil no parece ser alguien de confianza. Así que me limito a ver cómo cruza rápidamente a la acera de enfrente, rodeándose con los brazos porque probablemente tenga frío, y entra en la enorme casa blanca. Espero unos minutos más, hasta que una ventana de la planta alta se ilumina. Su habitación. Saco el móvil del bolsillo trasero de mis vaqueros y escribo:

“Espero que lo hayas pasado bien esta tarde. ¿Qué numero de pie tienes? Quizá te regale unos tacones nuevos. Buenas noches, cielo.”

Ella no contesta al mensaje, pero unos segundos después, veo cómo se asoma por la ventana, buscando a la persona que le ha enviado el SMS.
Arranco el coche antes de que pueda verme, y vuelvo a casa.